"Mi esposo y yo vendimos todo para pagar el viaje. Trabajamos 15 horas al día en Turquía hasta que tuvimos suficiente para huir. La persona encargada puso 152 personas en un bote. Cuando lo vimos, muchos quisimos regresar, pero nos dijo que no nos regresaría el dinero. La parte baja y la cubierta se llenaron de personas. Las olas comenzaron a meterse, por lo que nos dijeron que tirarámos nuestras maletas por la borda. En el mar golpeamos una piedra y nos empezamos a hundir. La parte baja se llenó de agua. Estaba muy apretado como para moverse y todos empezamos a gritar. Fuimos los últimos en salir. En el mar, se quitó su chaleco salvavidas y se lo dio a una mujer. Nadamos todo lo posible. Después de varias horas me dijo que ya estaba muy cansado que flotaría para descansar. Estaba muy oscuro y no podíamos ver nada. Las olas eran muy altas. Lo escuchaba gritarme pero cada vez lo oía más y más lejos. Con el tiempo otro bote me encontró. Nunca encontraron a mi esposo"
“El ejército quemó la casa de mi vecino y al día siguiente en las noticias dijeron que había sido destruida por los terroristas. Comenzaron a arrestar a 300 personas por día. Vinieron por mí en el Ramadán. Estaba comiendo con mi familia cuando entraron y me tiraron al piso. Mis hijos gritaban. Me dijeron: ‘Sabemos que trabajas con la oposición. ¡Eres un terrorista!'. Yo les dije ‘Por favor, somos gente pobre. No hemos hecho nada. Sólo estamos tratando de sobrevivir'. Pensé que jamás vería a mi familia otra vez. Me llevaron a la cárcel y me vendaron los ojos. Me pusieron de rodillas y preguntaron cosas sobre la oposición. Yo no sabía nada. Cuando me preguntaban algo, sólo tenía dos segundos para responder. Me golpearon por horas. Les rogué que pararan. Después, me amarraron con cables. Descargaban electricidad por 25 segundos, paraban y preguntaban algo más. Cuando decía ‘No sé nada' descargaban más electricidad. Me secuestraron por tres días. Cuando me soltaron no podía ponerme de pie. Llegué a mi casa y abracé a mi familia, pero tuve que ir directo al trabajo. No había comida en la casa y nadie había comido en días".
“En los estrechos callejones anegados de aguas residuales de Shatila, uno de los campos de refugiados más espantosos del Líbano, Misar Lahan mira fijamente con sus cansados ojos el barrio de chabolas verticales que la rodea. A principios de septiembre tuvo que escapar de la violencia que asoló su hogar en el Campo de Yarmuk, en Siria, donde vive el mayor número de refugiados de los 455.000 palestinos que están en el país. Ella dejó atrás todos los aspectos de su vida, menos sus niños: Ahmed, de 15 años, Hayzam, de 10, y Mirna, un bebé de dos años.
En los campos de refugiados de todo el Líbano, estos “nuevos” refugiados palestinos se están encontrando frente a frente con las crueles realidades históricas y contemporáneas de la discriminación, segregación y subdesarrollo de los ya más de 400.000 refugiados palestinos diseminados por el Líbano. Los nacionales sirios y los refugiados palestinos que huyen de Siria escapan de la misma violencia aniquiladora, pero tan pronto como entran por la frontera del Líbano han de enfrentarse a todo un conjunto completamente diferente de regulaciones. El estatuto de apátrida de los casi 7.000 refugiados palestinos que han escapado de Siria les exige tener que pagar aproximadamente 17 dólares por una visado de quince días, o 33 dólares por un visado de un mes, no renovable, tras el cual se espera que se marchen o que tengan que pagar multas por superar ese plazo de estancia. Se ven también sometidos a las mismas leyes discriminatorias establecidas desde hace mucho tiempo contra sus compatriotas palestinos reasentados aquí anteriormente. Esas leyes excluyen la posibilidad de poder acceder a los colegios libaneses, a las oportunidades de trabajo en general (limitándoles a los puestos de trabajo más duros), a la atención sanitaria y a otros derechos civiles básicos.
Amontonados en los doce miserables campos de refugiados oficiales del Líbano, donde solo se dispone de electricidad a ratos y las familias se apilan en apartamentos de una sola habitación, se ha informado ya en numerosas ocasiones que la vida de los refugiados palestinos en el Líbano puede compararse y ser aún peor que la de los que viven bajo la ocupación israelí en Gaza. Las ONG, como American Near East Refugee Aid (ANERA), han citado a los campos palestinos en el Líbano como los peores de la región en cuanto a condiciones de vida, pobreza, educación y sanidad. Tal contexto establece un agudo contraste con el de los sirios que tienen pasaporte, quienes aunque experimentan su propio conjunto de penosas condiciones, tienen garantizado un visado de residencia de seis meses que se les concede gratis. También disfrutan del derecho a trabajar sin permisos (según un acuerdo establecido hace tiempo) y a estabilizarse en el Líbano sin las restricciones que se les imponen a los refugiados palestinos como consecuencia de su estatuto de apátridas.
Además, los recursos de la ayuda son incluso más limitados aún para aquellos refugiados palestinos que han tenido que desplazarse por segunda vez –y que están ahora cruzando la frontera desde Siria- que para los refugiados sirios. Esto se debe sobre todo a que los refugiados palestinos que residen en Cisjordania, la Franja de Gaza, Jordania, Siria y el Líbano caen bajo la jurisdicción específica de la Agencia de las Naciones Unidas para la Ayuda a los Refugiados (UNRWA, por sus siglas en inglés). Los refugiados palestinos en otros países –o los refugiados de otros orígenes en cualquier país- están bajo la jurisdicción del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), puesto que pueden registrarse con la citada organización.
Mientras Misar camina silenciosamente a través de las calles llenas de basura estrechando a Mirna contra su cadera, se mentaliza para volver a adaptarse a Shatila. Las desahuciadas calles no son nuevas para ella. Nacida en la misma Shatila, Misar escapó en 1982 durante uno de los episodios más trágicos en la historia de los refugiados palestinos. La infernal masacre ocurrida en 1982 en Sabra y Shatila, en la que perecieron más de 800 refugiados civiles palestinos, hizo que abandonaran estos campos desordenadamente después de que las fuerzas israelíes acordonaran las salidas del campo mientras una milicia derechista de la Falange Libanesa perpetraba un asedio criminal. Pocos sobrevivieron para poder contar la historia.
Misar escapó pero no ha olvidado. Era casi un bebé cuando ocurrió la masacre. Misar cavila sobre la ironía de haber vuelto con sus propios niños: “Escapé de este barrio depauperado con mi familia cuando tenía la edad de Mirna a causa de la guerra, y ahora estoy volviendo con Mirna para escapar de otra guerra. La vida es una locura”. Mirna, una pequeña de débil cuerpecito mira a su madre con aprensivos ojos marrones, invadida por un desesperado ataque de pánico ante el sonido de un ruido muy fuerte, con sus diminutas orejas sacudidas por sonidos demasiado familiares de los bombardeos sufridos cerca de su hogar en Yarmuk”..

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